La última vez que hablamos, acababas de volver a casa, después de tantas semanas fuera. Te veías menos cansada, menos lejos... Aunque, conforme la plática trivial avanzaba, era evidente que ya no te resultaba tan familiar el entorno que te envolvía. Lanzando miradas a todos los que estaban, parecías perder de pronto la noción de quienes te acompañabamos, llamando a mis tías por otros nombres y preguntando quien era el nieto extraño que te miraba con los ojos vidriosos.
Te cepillaba el cabello, viendo como caías, poco a poco, de nuevo a dormir. Las miradas se cruzaron entre las presentes, el cansancio es un mal acompañante cuando hay que mantenerse alerta. Me ofrecí a quedarme contigo, para que quienes tuvieran que dormir también, lo hicieran sin preocuparse. Apagué la luz, y me senté en la silla junto a tu cama. Encendí la laptop y comencé a escribir muy quedito, para que no te molestara el ruido, para no interrumpir tu descanso.
Entre palabras y textos, levanté la vista para encontrar tus ojos en los míos; observabas silenciosa pero atenta, como si no me hubieras visto en mucho tiempo. Insistí en que descansaras, pero permaneciste serena y silenciosa, observándome fijamente. Te sentí triste, te sentí harta, así que dejando de lado la computadora, volví a tomar mi lugar en el borde de tu cama, y busqué conversar. Tu mirada brilló al escuchar mis historias, y poco a poco, tu humor se sintió volver. Con tu voz apagada y quedita, me preguntaste por el final de la historia y sonreíste, una última vez, antes de volver a fijar tus ojos cansados en los míos. El silencio invadió la habitación. Tu mano tomó con esfuerzo la mía y lo sentí en el centro de mi ser, sentí venir la ola desde la orilla. No por favor, no por favor, no por favor...
Don't you let me go, let me go tonight
El murmullo de tu voz rompió el silencio sin ceremonia, y, mientras me acariciabas la palma con tus manos pequeñitas, el corazón me latía incesante. No quería escucharlo, pero necesitaba oírlo. No quería que pasara, pero tenía que estar ahí. Ése era él momento. Ésa sería la última vez. Ése era el final.... No lo digas, no lo digas, no lo digas. Hagas lo que hagas, no lo digas, no te vayas, no te despidas, no lo hagas. Por favor, no lo hagas...
Mirándome fijamente, sabiendo que había entendido, me pediste que fuera feliz. Que hiciera las cosas bien, que siempre fuera feliz. No supe que hacer, no supe que sentir, no supe como reaccionar. Nunca me había despedido así de nadie, nunca había sentido como la vida se iba alejando despacio, como escurriendo entre los dedos. No podía llorar frente a ti, no podía darte esa carga, no podía pedirte que no te fueras. Con el temblor en los labios y la presión en el pecho, sin saber que decir, sin saber que hacer, sólo atiné a apretarte la mano con una sonrisa apretada y los ojos vidriosos. Abrí la boca, pero el murmullo ahogado que salió fue un simple y llano, 'te quiero mucho.'
Vi la lágrima solitaria escurrir por tu mejilla, mientras tu expresión serena se descomponía un sólo segundo. Vi tu dolor en ése largo segundo, vi tu tristeza y senti toda tu carga. Todo lo que tenías encima, se asomó en esa pequeña fracción de segundo que te tomó recuperar la compostura. Pasaste tus dedos sobre mi mano una última vez, antes de pedirme que te dejara descansar. Me puse de pie y salí de ése cuarto, de ésa casa y de ésa calle. Ése había sido mi final, ésa había sido mi despedida. Tuve todo el tiempo del mundo, tuve todos los días, tuve todas las palabras, y sólo dije esas dos.
Sólo te dije esas dos...
Don't you let me go, let me go tonight
Don't you let me go, let me go tonight
La noche que pasó, te soñé.
Acostada sola, en un sillón ajeno, huyendo de abrazos cálidos, temerosa e insegura, me fui a dormir sin pensarte mucho. Habían sido días tan largos, mi cabeza era un nudo gigantesco; tras un par de vueltas, tras muchas preguntas, divagando sobre si debía volver a su lado o no, me venció por fin el sueño.
En un paraje conocido, sentada en esa misma cama que jamás me gustó, te vi sonreírme como siempre, como antes. Caminé hacia ti y extendiendo la mano, te invité a salir conmigo a un jardín que existe sólo en mi imaginación. Tu bata de hospital se mecía con el viento que soplaba, pensando en tu reciente enfermedad y la razón de las tantísimas semanas en cama, te abracé fuerte y te pedí que te taparas bien, porque el frío podría hacerte enfermar otra vez y volverías al hospital, volverías a ésa cama. Tu sonrisa volvió a brillar y, sin decirme nada, sólo tomaste mi mano una vez mas, para contemplar juntas ése cielo azul y brillante en aquella banquita donde nos sentamos alguna vez en un sueño.
Abrí los ojos a media mañana, pensando en ti y en tu sonrisa cálida. Mi corazón se sintió tranquilo por un momento, albergando esperanzas para mejores mañanas y presentes cercanos. Pensé en lo que te diría al verte de nuevo, pensé en tu mano de nuevo en la mía, en tu mole, en tu casa, en tu olor... y me sentí contenta. En ésa casa que no es la mía, olvidé por completo que era una extraña, durmiendo bajo un techo prestado. Me levanté callada, manteniendo la distancia con quien debía compartir una cama que resultó demasiado pequeña para alojar tanta tensión acumulada. Entre miradas desafiantes y comentarios fuera de contexto, un mensaje en la pantalla del teléfono lo detuvo todo. Me miró temeroso, como presintiendo las cosas, avanzó hacia mí, mientras la voz desgarrada y quedita al otro lado de la línea me dijo aquello que se suponía que ya sabía. Sentí las rodillas temblar y el piso cada vez más cerca, sentí los brazos que me envolvieron en mi camino al suelo y de pronto, todo perdió sentido.
We know them all, I know it all
Stay put and play along'
Cause I'm looking for my friend
Now I got you, got you
Abrazos, sonrisas condescendientes, alejenlas de mi. Todos dicen lo siento, pero nadie parece sentir nada. Me falta el aire en este cuarto tan pequeño. Tanta gente, tantas personas, tantos nombres. No reconozco a ninguno. ¿por que saben mi nombre? ¿porque hablan sobre ti? ¿Dónde estoy parada y porqué estoy aquí? Nada tiene sentido alguno. Vuelvo a sentirme mareada y de nuevo, ésos brazos a mi alrededor. El olor familiar y la voz tranquila, me piden que sea fuerte. Sonidos salen de mi garganta, pero no recuerdo las palabras. Los labios me tiemblan un poco y la cabeza me duele a morir. Un beso tembloroso en la frente deja ver la preocupación, le siento la tristeza. Hundo mi cabeza en su cuello y todo se desvanece de nuevo. Ya no recuerdo nada más.
...
Te vi descender hacia la nada.
Un cajón cubierto en rosas acompañado por el compás de una canción a coro, te abrían camino hacia el infinito. Nadie habló. En unísono silencio, observamos a quienes su labor lo dicta, cubrirte de nuevo con rosas y coronas dedicadas por personas cuyos rostros no puedo ni discernir. 'Amor eterno e inolvidable...', resuena en la inminencia de aquel jardín cubierto de dolientes y amigos. Las piernas me tiemblan de nuevo y el corazón ha hecho equipo con mi estómago, ahora son un nudo incontenible que se hunde en la acidez que me provoca el cigarro en mano. Creo que es la primera vez que fumo frente a mi familia.
Es gracioso como las cosas llegan en los momentos menos esperados, como una epifanía extraña, donde te haces consciente de tantos momentos, y tantos detalles. Yo tengo la mía, justo cuando la última bocanada de humo se escapa por la comisura de mis labios. Te escucho de pronto, volviendo a hablar de como conociste al que fue el hombre de toda tu vida, te veo de nuevo, suspirar cuando dices que aún lo amas, sesenta y tantos años después.
La música sigue tocando, pero yo ya no estoy, yo me estoy desvaneciendo contigo, poco a poco, voy a buscarte a ése infinito...
...
La película que no deja de reproducirse en mi cabeza, la lágrima solitaria que me persigue entre sueños, el rozar de nuestras manos mientras me pides que siempre sea feliz. El te quiero más quedito que nadie me ha dicho, el te extraño más sincero que jamás he sentido. El dolor más agudo, la fractura más profunda. Lágrimas que se derraman en colectivo, tristeza que emana de un todo. Esa herida que no subsana. Jamás olvidaste mi nombre, jamás dejaste de llamarme. Se te perdieron rostros, hijos, historias, tiempos... Pero nunca me perdiste a mí. Jamás nos soltamos las manos. Jamás olvidaste mi historia. Hasta tu último día, hasta el último momento, me regalaste la misma sonrisa. Gracias por eso, por estar ahí para mí siempre. No nada más ese día. Sino todos los días. Cuando tuve miedo en la noche, cuando se destruyó mi familia, cuando me quedé sin casa, cuando me quedé sin fé...
Éste, es el texto más amargo que he escrito, la carta más difícil. Esa que sabes que jamás será leída. Una que atas a un papel y la dejas huir con el viento.